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Cuando el sonido duele: Misofonía, Hiperacusia y su impacto psicológico

 

La Misofonía y la Hiperacusia son problemas relacionados con la forma en la que una persona percibe los sonidos; son dos formas de disminución de la tolerancia al sonido que pueden parecer similares a primera vista, pero que no lo son. La misofonía se caracteriza por una reacción intensa y desproporcionada ante sonidos específicos (por ejemplo: escuchar a alguien masticar, respirar o teclear, jugar con los dedos o con un bolígrafo, …) sonidos que suelen generar un malestar emocional importante en la persona que sufre de Misofonía. La Hiperacusia, en cambio, se relaciona más con una sensibilidad aumentada a sonidos cotidianos que son percibidos como excesivamente intensos, molestos o incluso dolorosos, aun cuando para la mayoría de las personas no lo sean. Esta distinción es importante porque, desde la psicología clínica, los mecanismos implicados y las estrategias de intervención no siempre son los mismos.

Desde una perspectiva psicológica, la Misofonía no puede entenderse sólo como un problema auditivo. La investigación reciente señala que intervienen procesos psicológicos, como la atención selectiva (la persona presta más atención a ello), la reactividad emocional (la sensibilidad y la respuesta emocional), el significado (la interpretación que la persona le da al sonido) y las estrategias de afrontamiento (la manera en la que reacciona a lo siente: se expone o lo evita,...). Cabe señalar que el malestar no depende únicamente de las características del sonido, sino también del entorno social en el que aparece, de quién emite el sonido y del grado de control percibido por la persona. Por eso, un sonido aparentemente pequeño puede generar ira, ansiedad, asco o una necesidad urgente de escapar, que terminan afectando las relaciones sociales, la convivencia familiar y el funcionamiento cotidiano.
La Hiperacusia, por su parte, suele estar vinculada más a la intensidad con la que se perciben los sonidos, pero también hay un componente psicológico importante. Diversos estudios han encontrado la relación importante entre la Hiperacusia, el malestar emocional, la ansiedad, los síntomas depresivos y el deterioro en la calidad de vida. Esto no significa que la hiperacusia sea “solo psicológica”, sino que la manera en que la persona vive el sonido y el impacto que tiene eso en su funcionamiento cotidiano, están modulados por variables cognitivas y emocionales. Cuando una persona empieza a anticipar que ciertos ambientes sonoros serán insoportables, puede desarrollar hipervigilancia, miedo, evitación y un aumento del estrés. Esto hace que el malestar afecte la vida diaria, las relaciones y la participación en actividades habituales.
Desde una mirada clínica, en ambos cuadros, la evitación cumple un papel central. Si bien es cierto que alejarse de los sonidos molestos puede dar un alivio inmediato, a mediano y a largo plazo eso suele reforzar la sensibilidad, reducir cada vez más la tolerancia, aumentar la ansiedad anticipatoria y limitar la vida social. Por eso, las intervenciones psicológicas suelen buscar no solo bajar el malestar, sino también mejorar la regulación emocional, reducir la anticipación ansiosa y ayudar a la persona a recuperar actividades importantes de su vida. 


En cuanto al tratamiento psicológico, la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) es la más prometedora para ambos problemas. En la Misofonía, se logran efectos beneficios en la reducción de los síntomas y en la deterioro del funcionamiento cotidiano. En la Hiperacusia, efectos en la disminución del malestar y mejora en la tolerancia al sonido. En ambos casos, el objetivo no es “eliminar” por completo la reacción, sino reducir su intensidad, desarrollar la capacidad de regulación emocional y recuperar funcionamiento cotidiano adecuado.
En síntesis, la Misofonía y la Hiperacusia muestran que la experiencia sonora no es puramente de oído, sino que está influenciada por los procesos atencionales, emocionales, cognitivos y sociales. Una perspectiva psicológica permite comprender mejor por qué ciertos sonidos llegan a convertirse en focos de amenaza para una persona y cómo ese proceso afecta su vida mental y sus relaciones sociales. También abre la puerta a intervenciones más integrales, en las que el síntoma no se reduzca al oído, sino que se comprenda dentro de la experiencia completa de la persona.
Por otro lado, es importante señalar que estas dificultades pueden presentarse también en personas con autismo. La investigación describe que la disminución de la tolerancia al sonido es frecuente en el autismo, y dentro de ella pueden aparecer tanto la Hiperacusia como la Misofonía. En estos casos, la sensibilidad sonora puede sumarse a otras diferencias sensoriales y volver más difíciles las situaciones cotidianas como estar en clase, viajar en transporte público, comer con otras personas o permanecer en lugares ruidosos, es por eso que observamos que en algunos centros comerciales ya hay establecidas las franjas horarias en las que se disminuye el volumen de la música de ambiente a fin de facilitar a las personas con autismo su paso por esos centros.
En resumen, la Misofonía y la Hiperacusia muestran que oír no es solamente recibir sonidos: también implica emoción, percepción, contexto y significado. Una perspectiva psicológica permite entender mejor por qué algunos sonidos llegan a ser tan perturbadores y por qué su impacto puede ser especialmente importante en algunas personas, incluidas muchas personas con autismo.

Referencias bibliográficas

Swedo, S. E., Baguley, D. M., Denys, D., et al. (2022). Consensus Definition of Misophonia: A Delphi Study. Frontiers in Neuroscience, 16, 841816.